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La Alberca, el pueblo dormido

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Fuente: La Vanguardia

Miro hacia el norte y veo el valle del río Duero; al sur se extiende la cuenca del Tajo. Transito por su divisoria de aguas, recorro la sierra de Francia, en el confín occidental del Sistema Central. Hasta el siglo XII no se estabilizó el dominio cristiano sobre esta región, dentro del desbarajuste de la Reconquista. El Reino de León impulsó entonces su repoblación. Muchos de los colonos llegaron del norte de los Pirineos con el séquito de Raimundo de Borgoña, cuando este se casó con la reina Urraca I. Aquel asentamiento galo explica el nombre de la sierra de Francia y otros topónimos menores.

El primer pueblo español declarado Conjunto Histórico Artístico
No es el caso de La Alberca , cuya sílaba inicial delata su origen árabe. Fue el primer pueblo español declarado Conjunto Histórico Artístico, en 1940. El hecho despierta mi curiosidad. También por qué sedujo a un pintor tan mediterráneo como Joaquín Sorolla, quien inspiró parcialmente aquí su enorme lienzo Castilla, la fiesta del pan, hoy expuesto en la Hispanic Society de Nueva York. La Alberca fascinó, además, a fotógrafos como José Ortiz Echagüe, y a intelectuales como Miguel de Unamuno.

La fisonomía del pueblo sorprende: de puertas afuera ha cambiado poco en los últimos siglos. Las calles son estrechas, sinuosas y empedradas, y las viviendas tienen muros de piedra o adobe con traviesas de madera que trazan dibujos geométricos. Muchas casas aún exponen la fecha de su construcción en el dintel, junto a inscripciones y símbolos que hacen hincapié en el cristianismo de los primeros propietarios. Remiten a épocas en que las desviaciones religiosas acarreaban complicaciones.

La mayoría de los edificios de La Alberca son de tres plantas, cada una de las cuales sobresale un poco de la inferior. Como consecuencia, las partes más altas se acercan hasta casi tocarse en algunos callejones angostos. Antiguamente, la planta baja servía de cuadra para guardar los animales, usándose a la vez como letrina. La primera planta reunía la cocina-comedor y la despensa, y la planta superior agrupaba los dormitorios familiares. Hoy, claro, es distinto, los animales ya no viven en la casa, y el espacio se aprovecha para otras necesidades. En cambio permanecen los balcones de forja que, en cuanto el frío lo tolera, se colorean con flores, sobre todo geranios, que transforman el pueblo en una vistosa algarabía cromática.

La Alberca no tiene grandes monumentos ni opulentos palacios. Su encanto procede de la arquitectura serrana tradicional, de las viviendas de agricultores, ganaderos o artesanos. Se nota en la plaza Mayor, el centro neurálgico, cuyas casas porticadas se sustentan sobre columnas de granito. Es un escenario popular, entre cervantino y goyesco. La abundancia de soportales señala su uso antiguo como escenario de mercado. Algunos de los bajos se han reconvertido hoy en restaurantes. En el centro de la plaza se alza un crucero del siglo XVIII con los símbolos de la Pasión de Cristo grabados.

La cercana iglesia parroquial está consagrada a Nuestra Señora de la Asunción y también es del siglo XVIII, neoclásica con algún detalle barroco. Se construyó sobre los restos de un templo anterior, del que solo permanece la torre con el escudo de armas del Ducado de Alba. La iglesia tiene un interesante púlpito en granito policromado del siglo XVI, y una imagen del Santísimo Cristo del Sudor.

Paseo por La Alberca sin un plan preestablecido, me dejo llevar por la luz y por el estado de ánimo. Es un núcleo pequeño, apenas tiene 1.100 habitantes, no hace falta un plano para su exploración. Camino al buen tuntún y así descubro la antigua cárcel, reconvertida en oficina de información turística. También veo los escudos de la Inquisición y de la Orden de Santiago, que señalan la pasada presencia de esas instituciones.

Unas señoras mayores me dan un susto morrocotudo al doblar una esquina. Tañen una campana a la vez que salmodian el rosario y rezan: ‘Fieles cristianos, acordémonos de las benditas almas del purgatorio con un padrenuestro y un avemaría, por el amor de Dios’. Lo hacen todos los días, a lo largo y ancho del pueblo, insensibles a la meteorología y al desaliento. Perpetúan así una tradición local muy antigua: ‘La moza de ánimas’. Por cierto que el tema de la campanita ambulante tiene aceptación en La Alberca: también la suena un marrano que vaga libremente por el núcleo entre el 13 de junio (san Antonio de Padua) y el 17 de enero (san Antón), mantenido por los vecinos. Cuando llega la segunda fecha, el animal se sortea entre los mismos lugareños que lo cebaron durante esos meses de vida bohemia.

A lo largo de mi paseo (sin campana) encuentro varias ermitas interesantes, como la del Cristo del Humilladero, la más antigua, o las de San Blas y San Antonio. Algo más apartadas del núcleo están Nuestra Señora de Majadas Viejas y San Marcos, que tiene unas maravillosas vistas de la Peña de Francia.

Parque natural de Las Batuecas
En esa montaña sucedió un hecho memorable en 1434: se encontró la talla de una virgen negra, la Virgen de la Peña de Francia, muy milagrera e inspiradora de una ferviente devoción. Decidido a presentarle mis respetos, emprendo una caminata de 10 km que remonta desde los 1.056 m de altitud de La Alberca hasta los 1.728 m del santuario mariano.

Atravesaré Las Batuecas, un valle supuestamente mágico: durante el siglo XVI se consideró un lugar escondido de la civilización y se identificó como ‘un nuevo Paraíso Terrenal, donde gentes ingenuas y semisalvajes andaban desnudas y vivían bucólicamente una ignorancia feliz en el corazón mismo de Castilla y Extremadura’. La descripción es un poco exagerada, pero no pierdo de vista que la Unesco declaró estas comarcas Reserva de la Biosfera en 2006 por su éxito al “armonizar la conservación del medio ambiente y el bienestar de las personas”. ¿Hablamos de una versión actualizada de lo mismo?

Empiezo la caminata en la casa del parque natural de Las Batuecas-Sierra de Francia , muy cerca de La Alberca. Sus responsables me orientan hacia las marcas horizontales rojas y blancas del sendero de gran recorrido GR-10, que me conducirán hasta la Peña de Francia. La senda arranca llaneando a través de un pinar. Después de atravesar el arroyo de Arrohuevos, empiezo una ascensión aún suave entre bosques y huertos.

Una vez cruzados los ríos Lera y Francia, la marcha hilvana sucesivas pistas forestales hasta la confluencia con el sendero PR-9, a partir de donde la pendiente se intensifica. Ya reducido a la condición de ‘senda’, el camino atraviesa tres veces la carretera, mientras los canchales ganan terreno a la arboleda. El último tramo de la marcha lo jalonan cruces de piedra hasta un mirador desde donde se ven Las Hurdes y la sierra de Candelario, confín del macizo de Gredos. Poco más arriba están la gruta de la virgen y el monasterio de la Peña de Francia.

Historia de la Virgen de la Peña
La historia de la Virgen de la Peña de Francia empieza muy lejos de aquí, en París. La Madre de Dios se le apareció allí a un joven llamado Simón Rolan y le ordenó: “Simón, vela y no duermas. Partirás a la Peña de Francia, en tierras de occidente, y buscarás una imagen semejante a mí. La encontrarás en una gruta, donde se te dirá qué has de hacer”. Con más entusiasmo que indicaciones geográficas, el pobre Simón recorrió Bretaña y la costa atlántica de su país durante cinco años sin dar con la esquiva Peña de Francia. Cada vez que se desanimaba, una Voz lo reprendía: “Simón, vela, no renuncies, tus trabajos tendrán recompensa”.

La noche del 19 de mayo de 1434 se encontró la talla de la Virgen
Las pesquisas lo llevaron a peregrinar a Santiago de Compostela. Durante el regreso se desvió a Salamanca, en cuyo mercado oyó ofrecer ‘carbón vegetal hecho al pie de la Peña de Francia’. Así llegó a la montaña, donde buscó tres días inútilmente. “Simón, vela y no duermas”, lo asediaba la Voz. Hasta que, la noche del 19 de mayo de 1434, la Virgen le señaló dónde estaba la talla: oculta en una gruta. El resto de sus días, el perseverante Simón Rolan fue conocido como Simón Vela como recordatorio de los mensajes marianos. Dos años más tarde, en 1436, una comunidad de monjes dominicos se instaló en la Peña de Francia, donde edificaron un convento y una iglesia gótica, urbanizaron la plaza, construyeron los miradores… El templo permanece en pie, aunque con una fachada posterior, neoclásica.

A la talla sagrada aún le esperaban algunas aventuras: el 17 de agosto de 1872 fue robada, desapareció ante la consternación de una comarca que auguró todo tipo de calamidades. Diecisiete años después, alguien la restituyó. Lo hizo bajo secreto de confesión, por eso no se sabe quién la sustrajo ni por qué. Pero el estado de la talla era muy deficiente, estaba tan deteriorada que el artista Jacinto Bustos Vasallo creó una nueva, hueca. Los restos de la talla original se conservan en el interior de la nueva; una rejilla en el pecho permite contemplarlos.

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